Museo de Arte Romano. Mérida. (1980-86)

Resulta interesante observar la relevancia que a veces puede cobrar en un proyecto de arquitectura la elección del sistema constructivo. En un caso como en el de Mérida, se convierte en la primera y más importante decisión, y resulta esencial para comprender el devenir del proyecto. La casi literal alusión a la forma de construir romana resultaba “poco menos que inevitable para construir un museo en el que se encontrasen acomodo los restos romanos” según palabras del propio Rafael Moneo, arquitecto del edificio. Se apuesta así por rememorar  la arquitectura del pasado mediante la utilización de sus técnicas constructivas y poder convivir  de un modo lo más respetuoso posible con lo existente. El sistema constructivo se elige en función del uso del edificio, y a su vez éste se convierte en la herramienta con la que dar forma a la obra. Se entiende por tanto que la actitud de Rafael Moneo se aleja desde un principio de posturas arbitrarias, para obedecer  a cuestiones relacionadas con la necesidad y la coherencia formal. Con tal premisa, Moneo proyectó en Mérida un edificio arriesgado, caracterizado por la fuerte convicción del arquitecto que lo diseña. Sin duda, el resultado final es fruto del radical empleo que de la herramienta de la construcción se hace. Todo luce y se entiende como una expresión directa, lógica y natural del sistema constructivo previamente concebido.

La disposición de potentes crujías de ladrillo, arqueadas en sus huecos y rellenadas con hormigón, recuerda a las robustas fábricas atestadas en su interior con los extraordinarios cementos puzolánicos que por entonces empleaban. Por otro lado, la firme alusión a esta cultura puede entenderse solo si se comprende lo enormemente específico del uso del edificio. Podemos decir que el clima generado resulta apropiado para albergar la exposición de un rico legado de la antigua Emérita Augusta.

Sin embargo, es importante observar que la alusión al mundo romano no llega a ser literal. Así por ejemplo, frente a la espesa unión de mortero que los muros romanos mostraban, en Mérida los ladrillos apenas poseen junta. Esta simple diferencia en el detalle constructivo, hace cambiar totalmente la percepción del material con el que se trabaja. Los muros, en vez de entenderse como superposición de pequeños elementos cerámicos,  pasan a convertirse en un soporte neutro, uniforme y abstracto a modo de telón de fondo para los fragmentos romanos que allí van a exponerse.

Además, la construcción de los muros de ladrillo se completa con la ejecución de los forjados mediante losas planas de hormigón armado, procedimiento este totalmente ajeno a lo romano,  y a la idea de arcos, cúpulas y bóvedas que a él se asocian. De esta manera, y también desde la construcción, el edificio se ancla a su tiempo mediante el empleo de técnicas modernas, y difumina un poco más la literalidad del uso del sistema constructivo.

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