BREVE HISTORIA DE TORRES BLANCAS. (1964-68)

SÁENZ DE OIZA. EL ARQUITECTO.

Francisco Javier Sáenz de Oiza, nacido en 1918 en Cáseda, Navarra, se licenció en arquitectura en 1946 por la universidad de Madrid, obteniendo el mejor expediente académico de su promoción. En 1949, y tras un año en Estados Unidos con motivo de una beca que le fue otorgada por la Real Academia de Bellas Artes, entró en la escuela como profesor ayudante de Salubridad e Higiene, asignatura que a partir de 1952 hizo también compatible con Proyectos Arquitectónicos. No fue un arquitecto de una gran producción, pero si de una gran intensidad en lo que producía. Llegó realizar proyectos tan magníficos como la Capilla para el Camino de Santiago en 1954, Torres blanca (aquí analizado) en 1964, la Torre del Banco de Bilbao en 1978 o las viviendas en la M-30 en 1986, entre otros. Falleció en Madrid en el año 2000.

Fue sin duda una amante de su trabajo, de la arquitectura con mayúsculas, dejando su seña de identidad en cada obra, caracterizada por su tremenda fuerza expresiva y personal. Oiza se sintió siempre muy unido a Le Corbusier, al que consideraba su mayor Maestro, y también, aunque quizás en menor medida, a Wright y su arquitectura orgánica.

JUAN HUARTE. EL PROMOTOR.

La figura de Juan Huarte se antoja determinante en el panorama arquitectónico y artístico en general de segunda mitad del S. XX en España. La constructora fundada por su padre, Félix Huarte, la cual terminó llamándose Huarte y Cia, se convirtío en pocos años en una de las más importantes del sector. Más adelante,  Félix creó la inmobiliaria HISA, cuya dirección recayó sobre su hijo Juan.

Los Huarte, y Juan muy especialmente,  gracias al éxito empresarial del que se gozaba, dedicaban una parte importante de sus ingresos no solo a la investigación aplicada, sino a la promoción de la cultura y el arte. Iniciaron así una actividad de mecenazgo artístico cuyo ejemplo más claro sea quizás el de Jorge Oteiza, de quien llegaron a poseer una importante cantidad de piezas. La relación que se creó entre ambos debió de ser tal, que Juan Huarte, buscando un arquitecto para la inmobiliaria, llegó a pedir consejo al escultor vasco. Oteiza, recomendó sin duda a Sáenz de Oiza.

La relación entre Oteiza y Oiza se remontaba al proyecto del Santuario de Nuestra Señora de Aranzazu, en Guipúzcoa. Oiza, arquitecto del edificio, había confiado a varios artistas, entre ellos Oteiza,  elementos escultóricos y decorativos. Además, volvieron a trabajar juntos en el proyecto de la Capilla del Camino de Santiago, que les valió, aunque nuca llegó a construirse, un Premio Nacional de Arquitectura.

Huarte, aunque Oiza ya gozaba de cierta reputación, para comprobar las capacidades de este, le encomendó primero la adecuación de uso locales en planta sótano en el Paseo de la Castellana, con motivo de albergar una exposición permanente de la producción de Huarte y Cia. El resultado debió de ser muy satisfactorio porque acto seguido, Oiza recibió un nuevo encargo por parte de Huarte, siendo en este caso una serie de apartamentos de Alcudia, Mallorca. Según relata el propio Oiza, fue a la vuelta de Alcudia, donde se había trasladado para dirigir el proyecto, cuando el promotor le transmitió la intención de “hacer un proyecto ideal de torre, no una pila de viviendas unas encima de otras, sino una estructura vertical de viviendas cuya organización él me proponía encontrar”. El programa del proyecto estaba muy poco definido, con la intención de que Oiza tuviera la máxima libertad.

TORRES BLANCAS. EL PROYECTO.

Ni torres, ni blancas.

En un principio, el proyecto se concibió como un conjunto de dos bloques de los cuales solo se construyó uno por la no aprobación municipal para el segundo de ellos. En cuanto al color, la intención primera era la de mezclar la masa del hormigón con polvo de mármol blanco, lo cual se descartó más tarde por motivos de sobrecoste. El color final fue el del propio color grisáceo del hormigón.

Desarrollo.

Distintas variantes de planta

Oiza, que se enfrascó de lleno en el proyecto, realizó unas primeras propuestas caracterizadas por la indeterminación, como el propio Juan Daniel Fullaondo, colaborador de Oiza, explica, donde sería el propio cliente quien contratando a su arquitecto, diseñasen cada una de las viviendas, limitando su papel a definir los núcleos de comunicaciones, las acometidas de servicios y los accesos, pero no el interior de las viviendas. Ante un proyecto tan alejado de la realidad, el desencuentro con Huarte no tardó en llegar, de manera que Oiza comenzó a buscar un camino que le permitiese reconducir su trabajo.

Dicho camino lo encontró en el concepto de ciudad jardín, sobre el que introdujo la verticalidad (Torre),  en lugar de la horizontalidad con la que se había formalizado dicha idea hasta entonces. De este modo, e inspirado en el trabajo de Lloyd Wright, Oiza buscaba hacer compatible la vida en contacto con la naturaleza, con la concentración urbana que impone la gran ciudad. De esta manera, pudo encontrar  buenas referencias en las poderosas imágenes del urbanismo naturalista planteado por el gran maestro americano, así como en la famosa Price Tower, donde Oiza toma prestados determinados elementos, como las cuatro viviendas organizadas en esvástica con un núcleo central de comunicaciones, o el entendimiento de la estructura no solo como elemento portante, sino como también elemento divisorio y que llega incluso a determinar la imagen final. El edificio como un todo que nace de la estructura  y se reproduce a través de ella.

Planta de la Price Tower de Wright y planta de Torres Blancas

Otra gran influencia fue, como no podía ser de otra manera, Le Corbusier. El arquitecto suizo en la Unidad de Habitación de Marsella había tratado  de hacer compatible, entre otras cosas, la propiedad individual con el sentimiento de hallarse formando parte de una comunidad, incluyendo en su bloque de viviendas una calle comercial y una terraza-jardín con servicios. Oiza, tomando dicho modelo como referencia, quiso convertir la comunicaciones verticales de Torres Blancas en “calles verticales”, que desembocan en las dos últimas plantas, donde una tiendas, un restaurante, una cafetería, una peluquería y una piscina permiten a los inquilinos desarrollar cierta vida en común.

Rafael Moneo, que trabajó con Oiza en sus comienzos como arquitecto y que estuvo presente durante el desarrollo de Torres Blancas, explica como el arquitecto navarro nunca parecía quedarse satisfecho con su trabajo, explicando que “ le gustaba dibujar todas las soluciones que pasaban por su fértil mente y extendiéndolas sobre la mesa, se debatía en una laboriosa elección que a veces duraba días cuando no semanas. Oiza sufría la angustia de quien ansiosamente busca la perfección y no tenía reparo, jamás pereza, en empezar de nuevo cuando llegaba a la conclusión de que era preciso abandonar el camino iniciado”

Dos ingenieros.

Para la realización de una proyecto tan ambicioso también desde un punto de vista técnico como Torres Blancas, fue necesaria la participación de dos magníficos ingenieros de caminos: Carlos Fernández Casado, ya con una notable experiencia, y Javier Manterola, recién licenciado pero con una enorme capacidad.

En la cercana relación que Oiza quiso tener con ambos para la elaboración del proyecto, reside una parte importante del éxito final. Como la concepción de una estructura de pantallas y losas, que Oiza siempre llevaba al extremo tensando al máximo la composición en planta de las mismas, pero también atendiendo a los requerimientos estructurales, posible ello también a la buena cabeza técnica del arquitecto.

De esta manera, las pantallas, además de servir de estructura resistente, son el cierre de las distintas habitaciones. El borde casi continuo de empotramiento de la losa repercute en la disminución de las flechas y momentos, así como de las vibraciones del forjado.

Se trata de una proeza innovadora en todos los campos, desde lo puramente conceptual, hasta lo estrictamente técnico, todo ello aunado y conseguido por el esfuerzo y tesón de una mente privilegiada e incansable.

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