Alvar Aalto : Ayuntamiento para Säynätsalo (1949-1952)

Suele considerarse que la propuesta conjunta que Erik Bryggman y Alvar Aalto presentaron para el concurso de la feria de Turku en 1929, fue la que presentó la nueva objetividad  al público finlandés.

Alvar Aalto surgió pronto como líder del movimiento tras proyectos como la Biblioteca de Viipuri (1927-1935), que en su largo proceso de diseño pasó de neoclásico a finalmente moderno,  o el Sanatorio Antituberculoso en Paimio (1929-33), afín ya al nuevo estilo desde su concepción. A pesar de todo, y a diferencia del Movimiento Moderno alemán o francés,  en ambos proyectos podían apreciarse una delicada atención en los detalles, una preocupación por los aspectos más íntimos y táctiles del diseño moderno así como una calidad formal sensiblemente desahogada, que pronto se convertiría en símbolo de una arquitectura moderna más flexible.

Poco a poco, Aalto fue derivando en un estilo propio y muy personal más que en una simple variante propiamente dicha. Siguió fiel al lenguaje “vacío” del nuevo movimiento, pero trató de llenarlo con nuevas metáforas con la naturaleza de protagonista, con muros tensos y curvos o el empleo de cálidos materiales como madera o ladrillo. Así surgieron obras maestras tales como La Villa Mairea (1937-1939) o el Pabellón Finlandés de la Feria de Nueva York (ofd).

En Finlandia, y en los países nórdicos en general, no es de extrañar que costase aceptar el estilo internacional más ortodoxo, demasiado frío, demasiado rígido, demasiado blanco en sus fachadas para un país ya de por sí gélido y con importante escasez de luz. Se dio así, lo que podríamos llamar una postura crítica y regionalista del nuevo movimiento que más tarde argumentó y defendió  Kenneth Frampton:

La estrategia fundamental del regionalismo crítico consiste en reconciliar el impacto de la civilización universal con elementos derivados indirectamente de las peculiaridades de un lugar concreto. De lo dicho resulta claro que el regionalismo crítico depende del mantenimiento de un alto nivel de autoconciencia crítica. Puede encontrar su inspiración directriz en cosas como el alcance y la calidad de la luz local, una tectónica derivada de un estilo estructural peculiar o la topografía de un emplazamiento dado.

A partir de 1949  Aalto “ daba un giro, de nuevo ,a su forma de hacer e iniciaba por otras vías lo que puede considerarse una revisión de la arquitectura moderna”.Actitudes contemporáneas, sobre todo en Italia con los “neorrealistas” romanos y los “contextualistas” milaneses, ya caminaban por la senda del revisionismo, intentando corregir la actitud radical del Estilo Internacional.

Dicho cambio de actitud coincide con una de las obras más intensas del arquitecto finlandés. Hablo del Ayuntamiento  de  Säynätsalo, una isla cercana a Jyväskylä, y para la que Aalto ya había realizado una ordenación urbanística en 1945. Es importante entender que construir el ayuntamiento se iba a convertir en un acto tremendamente representativo, el más importante de los que allí iban a hacerse, ya que significaba el nacimiento de una ciudad. Parece lógico, por tanto, que Aalto volviera la mirada hacia la tradición, convocando a la historia. Esta obra se iba  convertir en toda una interpretación moderna del clasicismo.

Vista exterior del Ayto. de Säynätsalo

El recurso histórico más determinante en el proyecto fue posiblemente su distribución en torno a un patio (prueba de su admiración por el clasicismo antiguo y renacentista), pero no es en este caso un patio cerrado, sino abierto, adquiriendo este el significado de plaza. Se realizan dos aperturas  generadas por dos piezas diferenciadas, una en forma de U y otra lineal destinada a biblioteca. De todo el conjunto solo destaca el volumen que aloja la Sala del Consejo. Aalto decide de esta manera monumentalizar un solo elemento, que coincide con el uso principal, para someter al resto del programa a unas reglas arquitectónicas más sencillas. Se trata de un recurso muy clásico que recuerda la vieja tradición de la torre. Por otro lado, las cubiertas del conjunto, a excepción de la Torre del Consejo, disponen la caída de las aguas hacia el interior, gesto que alude claramente a los “impluviums” romanos, reforzando así también la unidad formal.

Una decisión realmente representativa fue la de situar el patio a un nivel superior. De esta manera, además de proporcionar una escala casi doméstica hacia el interior, la ocupación de lo elevado conecta con el arcano de lo sagrado a modo de minúscula Acrópolis, a la que se accede mediante un itinerario procesional y muy significativo. A su llegada al Ayuntamiento, el visitante puede vislumbrar la imagen de la torre a través de una de las aperturas, que tratada con unas escalonadas jardineras le lleva a comprender que por ahí no debe acceder y que es necesario seguir caminando, rodeando el edificio, hasta llegar a la escalinata trasera pero principal la cual desembarca en los accesos, bien a la Biblioteca o bien al Ayuntamiento. De esta manera, Aalto entiende el patio no como un lugar para ser pisado, sino únicamente para ser visto. Se trata de un gesto en extremo delicado, con frecuencia utilizado en el clasicismo tradicional, aunque aquí sea inevitable notar un cierto aroma japonés.

Vista del patio

En esta pequeña pero admirable obra maestra, se obliga a activar no solo el sentido de la vista, sino también el tacto, el olfato o incluso el oido. Por medio del material Aalto es capaz de someter al visitante a toda una experiencia fenomenológica. Kenneth Frampton lo explica muy bien de la siguiente manera:

La ruta principal que conduce a la Sala del Consejo en el segundo piso está finalmente orquestada de una manera que es tan táctil como visual. La escalera de acceso no solo está franqueda por paredes de ladrillo, sino que los escalones montantes también están acabados en ladrillo. Así el ímpetu cinético del cuerpo al subir la escaleras es frenado por la fricción de los escalones que son “interpretados” poco después por el contraste con el suelo de madera de la misma Sala del Consejo. Esta cámara afirma su condición honorífica por medio del sonido, el olor y la textura.

Aalto lo que propone al fin y al cabo es una racionalidad humanizada. Una arquitectura que invita a sentidos como el tacto o el olfato, olvidados por el monopolio oculocentrista de la nueva objetividad. Deja a un lado la frialdad del

Movimiento Moderno más ortodoxo y recupera la idea aparentemente olvidada de que la arquitectura, al fin y al cabo, está hecha para el ser humano.

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